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Branca Silva,
trabaja en una dirección, la forma pura; dicho de otro
modo, la sin-forma. Proyecto, esfuerzo, intento de forma
pura, de color puro, evitando contaminar lo que hace con
cuestiones personales. Esa distancia, que no
indiferencia, le permite observar su propia obra desde
fuera, como quien mira algo a la vez ajeno e íntimo.
Paradoja que explica esos grandes campos de color,
monocromos, pero cargados de matices, de sugerencias, de
enigmas... Una especie de mística, de elevación
espiritual y sensitiva, de vislumbre de lo inmamente o
de lo eterno. Mística, distanciada de toda relación
aparente, que evita el deseo y se encamina a una
placidez tensa, a un dramatismo contenido y sereno. La
angustia, si la hay, se expresa con silencioso grito,
yendo más allá, hacia la revelación de lo verdaderamente
transcendente. La pintura de Branca Silva nos invita a
la meditación, a la interiorización, a la muda
contemplación, hasta asumirla y hacerla nuestra, parte
consubstancial de nuestro ser y nuestra alma, o hasta
que ella nos arrastre a sus aguas profundas, cautivos
sin remedio de su belleza y de su magia. (Xulio
Valcárcel)
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